Es curioso cómo, mientras perseguimos nuestros sueños, las cosas cambian. Situaciones, personas y lugares viajan a la velocidad del rayo por nuestras fibras ópticas. Y cuando todo eso termina, te queda una vaga y fría sensación en la boca del estómago, tan repugnante y desagradable que te deja un sabor metálico difícil de olvidar. Y es que los pelos se tiñen, se cortan, los ojos se cubren con gafas, la ropa cambia según los designios de las mentes creativas inspiradas por sólo dios sabe qué, las flores que se regalan se marchitan, del calzado ni hablamos, incluso los conceptos cambian, belleza, justicia, honestidad, todo cambia, nada permanece... nada?.

Poco a poco, a medida que pasa el tiempo, hay algo que no cambia, y es nuestra esencia, lo que en verdad somos, nuestro pasado, y todo lo que nos rodea.

Podemos cambiar, podemos querer cambiar, podemos intentar querer cambiar, pero al final, nuestro pasado nos persigue siempre, siempre.

Cuando caen las caretas, cuando todo se ha dicho y se ha hecho, no hay lugar para los cobardes.

"Esto es Cádiz, y aquí hay que mamar".